lunes, 6 de abril de 2015

EDUCACIÓN

Las escandalosas cifras de la desigualdad educativa en España

Por Rafael Feito, catedrático de sociología en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. El pasado martes Save the Children publicó el informe Iluminando el futuro. Invertir en educación es invertir en infancia.
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Que a los niños y niñas de menor estatus socioeconómico y cultural les va a peor en la escuela que a sus compañeros más afortunados socialmente es cosa más que sabida. El valioso y oportuno informe Iluminando el futuro. Invertir en educación es luchar contra la pobreza infantil que acaba de elaborar Save the Children es una contundente prueba empírica de que la política educativa de la austeridad nos condena a un presente y a un futuro marcados por desigualdades cada vez más injustas.
Los datos sobre abandono escolar temprano son simplemente escandalosos. No se trata solo de que a los quince años tan solo poco más del 60% del alumnado esté en cuarto curso de la ESO –el que corresponde a su edad-, sino de que el que pertenece a los grupos menos afortunados tiene muchas más probabilidades que la media de estar en esta situación.
El informe aporta una novedad muy importante: la desigual distribución del capital cultural. Partiendo de los microdatos de la Encuesta de Presupuestos Familiares del Instituto Nacional de Estadística se puede detectar el porcentaje de familias que han gastado al menos un euro al año en museos, exposiciones o teatros (gravado este último con un IVA disuasorio). Los datos son como para echarse a temblar. Solo un tercio de los niños de entre diez y quince años ha visitado algún museo y la mitad no ha ido ni a una exposición ni al teatro. La cosa se agrava si hacemos la comparativa por comunidades autónomas: solo realiza estas actividades uno de cada cinco niños en la Comunidad Valenciana o Murcia frente a casi la mitad de los escolares de la Comunidad de Madrid. Al igual que ocurre con el PISA, se aporta el dato del número de libros en hogar: más del 40% de los niños de Canarias y de Murcia vive en hogares con menos de 50 libros frente a un 20% de niños de Navarra, Asturias o Madrid que cuentan con tan escasa dotación.
Algo similar ocurre con la práctica del deporte. El 37% de los menores de entre seis y dieciocho años no realiza ninguna actividad física o deportiva a la semana, porcentaje que casi coincide con el de niños y niñas de entre seis y nueve años que padece sobrepeso. El informe añade datos como el de las horas de consumo de televisión, actividad cuya pasividad agrava el problema. Iluminando el futuro elabora un índice de equidad educativa a partir de dos bloques de elementos. El primero se refiere a la calidad de acceso a la educación e incluye aspectos como la tasa de escolaridad de 0-2 años, el tiempo de permanencia en la escuela –medido a partir de si la jornada es partida o continua-, la existencia de comedor, etc. El segundo analiza la participación en actividades culturales y de ocio (asistencia a museos, horas de consumo televisivo, libros en el hogar, etc.). De nuevo, las diferencias entre las comunidades autónomas más pobres y más ricas son escandalosas.
Los datos –aireados por tantas organizaciones humanitarias- son contundentes. A modo de ejemplo, el informe destaca que “entre los cursos 2009–2010 (1.676.466 beneficiarios) y 2012–2013 (1.085.905 beneficiarios) se ha producido una disminución de los beneficiarios de becas y ayudas al estudio en más de 500.000 personas, siendo especialmente intensa esta reducción en las ayudas al estudio desde el curso 2011–2012”. La pregunta que se hace Save the Children es muy clara: “¿De qué sirve que un niño disponga de un aula y un profesor si no cuenta con libros, material escolar la posibilidad de una alimentación adecuada?”
Termino indicando que la razón que llevó a los autores del informe a contactar conmigo fue la cuestión de si la jornada escolar continua –de nueve de la mañana a dos de la tarde- podría acrecentar las desigualdades sociales. Como se indica en el texto, carecemos de una investigación que permita conocer cuántos comedores y actividades extraescolares desaparecen como consecuencia del paso de la jornada partida a la continua. Desconocemos algo tan elemental, como si varía el rendimiento escolar o cambia el tipo de público que acude a las escuelas con jornada continua. Muy posiblemente, la complicidad de las administraciones educativas con el cerril corporativismo del profesorado en esta cuestión ha impedido que podamos saber algo tan elemental antes de cambiar la jornada de los centros de primaria (prácticamente todos estatales) en casi toda España.

EL PAÍS

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