domingo, 31 de mayo de 2015

HUERTOS URBANOS

Jardines que se comen

Los huertos urbanos se han convertido en un fenómeno global

Los expertos lo asocian a la crisis y al deseo de conectar con la tierra


Productos de granjeros de Devon (Reino Unido). / T. GRAHAM

La periodista y escritora británica Tessa Evelegh creció entre las flores y las verduras que cultivaba su abuela y adoraba comer las zanahorias tiernas recién desenterradas, y los guisantes de sus vainas. Con una larga carrera profesional dedicada al periodismo de Estilo y tras una treintena de libros ahora publica El huerto para principiantes. Siembra, recoge, conserva (Salamandra), un volumen que se inspira en el programa de la BBC Two The Big Allotment Challenge, que recorre el ciclo vital de cultivo de verduras y flores, hasta que estas se convierten en ornamento, o aquellas se sirven en la mesa.
Basta un vaso con una semilla de rúcula para que de ahí broten una docena de hojas. Este es un ejemplo del que puede ser el huerto urbano más pequeño del mundo. Lo explica Josep María Vallès, un ingeniero agrónomo pionero en manuales de horticultura casera, con títulos ya clásicos como El huerto urbano: manual de cultivo ecológico en balcones y terrazas (Ediciones del Serbal). Cuando él comenzó a cultivar en su casa e idear mesas para tal fin hace más de una década, relata, “se le reían en su cara”. Después de inaugurar la página horturbà.com, lo bombardearon a preguntas. La tendencia del huerto sigue en auge en ciudades y pueblos españoles, con cultivos en lugares comunitarios o caseros, en tamaños y recipientes insospechados, desde una botella de plástico al neumático de un vehículo… Un boom que, sin embargo, tiene dimensiones globales y que los expertos asocian, entre otras razones, a la crisis.
Los expertos afirman que este retorno a la horticultura supone una revolución
“[En Inglaterra] a la gente se le animaba durante el periodo de guerra a cultivar tanto en jardines como en parcelas, pero una vez acabado se vio como una actividad dura, propia de gente mayor”, relata Evelegh vía correo electrónico. “En España el fenómeno se ha reforzado por la multicrisis, social, económica o territorial, y no solo se da en ciudades”, indica el profesor Raúl Puente Asuero de la Universidad Pablo de Olavide, que investiga los huertos urbanos en Andalucía. Y da cifras sobre su aumento en esta región: en 2008 había ocho huertos comunitarios. A fecha de hoy, existen más de 250. Puente piensa que en esta afición existe algo de evolutivo, por la fuerte tradición agrícola en España, pero, al mismo tiempo, estamos hablando de una revolución. La horticultura ya no es cosa de los mayores o del mundo rural. En el perfil de horticultor caben los urbanitas, los jóvenes, gente con estudios superiores. Y se trata, dice, de un fenómeno que está aquí para quedarse.
Cestas de vegetales ecológicos. / MICHAEL KERR
El taller Monta tu huerto ecológico en un recipiente en el Centro de Educación Ambiental El Huerto de El Retiro, del Ayuntamiento de Madrid, está prácticamente al completo una mañana de mayo. Una veintena de personas de distintas edades y por distintos motivos sigue con atención las explicaciones del horticultor Alberto Díez. Hay casi igual número de hombres que de mujeres. El proyecto lleva en marcha tres años y es un éxito, afirma Rafael Ruiz, del Departamento de Educación Ambiental. Las listas de espera y los números –de 4.000 participantes en 2012 a los 7.000 de 2014-–son prueba de ello.
La salud y el sabor están a la cabeza de las razones para hundir las manos en la tierra. “La gente desea saber de dónde procede su comida”, arguye Evelegh, que añade la importancia de cortar las hortalizas y comerlas en el momento para que conserven todos sus valores nutritivos. La ausencia de pesticidas o productos químicos es otro factor de peso.
“El placer de cultivar con tus propias manos un alimento no tiene precio, es una actividad muy relajante”, indica Javier Franco, fundador de El Balcón Verde de Barcelona, que organiza talleres de horticultura urbana. El proceso en sí es clave porque, como explica Josep María Vallès, “el tiempo es un beneficio, no un coste”. “Hay algo universalmente satisfactorio en ver cómo crece una pequeña planta”, añade Evelegh. A estos motivos acompañan los beneficios de esta “soberanía alimentaria”: “No es una cuestión bucólica”, asegura el investigador Raúl Puente, que destaca la repercusión positiva en la economía local, o la regeneración de la tierra consecuencia de los huertos comunitarios.
La salud y el sabor están a la cabeza de las razones para hundir las manos en la tierra
Un ambiente de alegría sobresale en el taller de El Retiro. “Estadísticamente, los horticultores son el grupo más feliz con su trabajo en Reino Unido”. La periodista Tessa Evelegh cree que todos los humanos somos creativos por naturaleza, pero hemos perdido habilidades. “Cuidar de las plantas nos hace conectar con la vida a un nivel fundamental. Hay estudios científicos que demuestran que una bacteria en el suelo, la mycobacterium vaccae, libera la hormona de la felicidad, la serotonina”.
La huerta de Montecarmelo en Mirasierra (Madrid). / Luis Sevillano
Pero la tarea de cultivo depende de muchos y complejos factores que van desde el sustrato, la clemencia de las temperaturas, el sol, el riego, o las enfermedades. “Y las dudas al principio son muchas, estamos tan desconectados de la naturaleza que este proceso nos resulta extraño”, recuerda Javier Franco de El Balcón Verde. La autora de El huerto para principiantes. Siembra, recoge, conserva no pone paños calientes a tanta promesa de felicidad verde y se dirige a estas dificultades en su libro: “La horticultura es una ciencia complicada, el comienzo puede resultar agobiante por lo que muchos dejan de intentarlo. Es mejor empezar de forma simple. Mis favoritos para ese arranque son los tomates, las judías pintas y los calabacines”. Y recurrir a las plantas al principio en lugar de a las semillas “si no se tiene el espacio, la paciencia o la confianza suficientes”.

La belleza de las verduras

F. G. L.
El huerto para principiantes. Siembra, recoge, conserva de Tessa Evelegh realiza un despliegue de hermosas fotografías de jardines, frutas, verduras, y después los productos o la decoración que de ellos resulta. La estética y traducir lo complicado a simple son máxima de la autora. “Lo práctico produce su propia estética. Flores como las caléndulas o los narcisos ayudan a controlar las plagas… Incluso en un jardín de flores, las hortalizas pueden lucir preciosas. Los calabacines tienen unas fabulosas hojas verdes y, sorprendentemente, vistosas flores amarillas. Las judías pintas producen una masa de flores rojas en una parra trepadora que es maravillosa… Son tan atractivas que, cuando fueron importadas por primera vez a Inglaterra hace cientos de años desde Centroamérica, se usaban como decoración en los jardines. ¡No fue hasta la mitad del siglo XVIII que un jardinero del Chelsea Physic Garden pensó en probarlas!”.

EL PAÍS

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